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Paraguay me hizo feminista

Paraguay me hizo feminista

Hace un tiempo me topé con éste artículo escrito por Paulina Porizkova para El New York Times donde narra cómo formó su punto de vista hacia la palabra ¨feminista¨ y cómo las diferentes culturas impactan en la imagen de las mujeres en la sociedad. Ella empieza hablando de su natal Checoslovaquia y termina describiendo su experiencia en Estados Unidos, que, en mi opinión, no está muy lejos de la realidad de Paraguay.

El artículo está escrito en inglés así que me tomé la molestia de traducirlo para que lo puedan apreciar. Espero que lo puedan leer y que les guste tanto como a mi.

¨Solía ​​pensar que la palabra “feminista” apestaba a inseguridad. Una mujer que necesita decir que es igual a un hombre podría estar también gritando que es inteligente o valiente. Si lo fueras, no necesitarías decirlo. Pensé esto porque en aquel entonces, yo era una mujer sueca.

Tenía 9 años cuando entré por primera vez en una escuela sueca. Recién llegada de Checoslovaquia, fui intimidada por un niño por ser una inmigrante. Mi única amiga, una pequeña niña, le dio un puñetazo en la cara. Estaba impresionada. En mi país anterior, una niña intimidada lloraría. Miré a mi alrededor para ver qué pensaban mis compañeros de clase sobre la proeza de mi amiga, pero nadie parecía haberse dado cuenta. No pasó mucho tiempo para entender que en Suecia, mi poder de repente era igual al de un niño.

En Checoslovaquia, las mujeres regresaban de un largo día de trabajo para cocinar, limpiar y servir a sus maridos. A cambio, esas mujeres eran engañadas, ignoradas y ocasionalmente maltratadas, al igual que los animales domésticos. Pero eran animales domésticos mentalmente inestables, como vacas lecheras que podrían enloquecer si no sabías exactamente cómo manejarlas.

En Suecia, las tareas domésticas se dividían por igual. Pronto, mi propio padre estaba limpiando y cocinando también. ¿Por qué? Se había divorciado de mi madre y se había casado con una mujer sueca.

Cuando se acercaba la escuela secundaria, los niños querían besarnos y tocarnos, y las chicas se convirtieron en un grupo de reinas benévolas repartiendo favores. Mientras más nos querían los niños, más poderosas nos volvíamos. Cuando una niña elegía otorgar sus favores, el chico afortunado era envidiado y celebrado. ¿Tachar a alguien de puta? ¿Qué es una puta?

Los condones eran provistos por la enfermera de la escuela sin cuestionarnos. La educación sexual nos enseñó los peligros de las enfermedades venéreas y los embarazos no deseados, pero también se enfocó en cosas divertidas como la masturbación. Para una niña ser dueña de su sexualidad significaba que ella era dueña de su cuerpo, era dueña de sí misma. Las mujeres podían hacer cualquier cosa que hicieran los hombres, pero también podían, cuando así lo decidieran, tener hijos. Y eso nos hacía mucho más poderosas que los hombres. La palabra “feminista” se sentía anticuada; ya no había un uso para eso.

Cuando me mudé a París a los 15 años para trabajar como modelo, lo primero que me llamó la atención fue cuán diferente se comportaban los hombres. Me abrían las puertas, querían pagar mi cena. Parecían pensar que era demasiado delicada o demasiado estúpida para cuidarme sola.

En lugar de sentirme celebrada, me sentía condescendiente. Reclamé mi poder de la manera en que lo aprendí en Suecia: siendo sexualmente asertiva. Pero los franceses no funcionan de esta manera. En las discotecas, cuando me fijaba en un extraño, y luego bailaba para dejarle saber que él era el elegido. La mayoría de las veces, huían. Y cuando no lo hacían, me preguntaban cuánto cobraba.

En Francia, las mujeres tenían poder, pero uno secreto, como un cuchillo estilete escondido. Todo era cuestión de manipulación: la sexy vixen* que atraía al hombre para cumplir sus órdenes. No fue hasta que llegué a los Estados Unidos, a los 18 años, y me enamoré de un hombre estadounidense que realmente tuve que reorganizar mis nociones culturales.

Resultó que la mayoría de los Estadounidenses no consideraba el sexo como un hábito saludable o una herramienta de negociación. En cambio, para ellos era algo secreto. Si yo mencionaba la masturbación, las orejas se ponían rojas. ¿Orgasmos? Los hombres sólo hacían comentarios obscenos, mientras que las mujeres se quedaban calladas. Había una delgada línea entre lo privado y lo vergonzoso. Un ex ginecólogo me habló sobre el clima cuando me hacía un examen pélvico, como si yo fuera una doncella victoriana que preferiría no saber dónde estaban sus partes.

En América, el cuerpo de una mujer parecía pertenecer a todos menos a ella misma. Su sexualidad pertenecía a su marido, su opinión de sí misma pertenecía a sus círculos sociales, y su útero pertenecía al gobierno. Se suponía que debía ser una madre, una amante y una mujer con una carrera (a una fracción de la paga) mientras permanecía siempre joven y delgada. En América, los hombres importantes son deseables. Las mujeres importantes tenían que ser deseables.

En la República Checa, los apodos para las mujeres, ya sean dulces o no, caen en la categoría de animales: gatito, vaca vieja, cerdo. En Suecia, las mujeres son reinas del universo. En Francia, las mujeres son objetos peligrosos que hay que atesorar y temer. Para bien o para mal, en esos países, una mujer conoce su lugar.

Pero a la mujer estadounidense le dicen que puede hacer cualquier cosa y luego es derribada en el momento en que lo demuestra. Al adaptarme a mi nuevo país, mi poder de mujer sueca comenzó a marchitarse. Me uní a las mujeres a mi alrededor que estaban luchando por hacerlo todo y fracasando miserablemente. Ahora no tengo más remedio que sacar la palabra “feminista” del polvoriento cajón y pulirlo.

Mi nombre es Paulina Porizkova, y soy feminista.¨

CreditIllustration by Cristiana Couceiro, photographs by Shutterstock and Deseronto Archives

*Lastimosamente, me encontré con un inconveniente a la hora de traducir.

El problema está en que si le llamas ‘vixen’ a una mujer, puede significar varias cosas. En este contexto se refiere a una mujer sexy y sexual, pero sin ninguna connotación negativa: “Act like the sexy vixen you are”.
Creo que el problema que tengo para traducirla reside en que el castellano parece padecer de palabras no negativas para este tipo de mujer. Si fuera un hombre sería algo así como “semental”.

Otra muestra más del largo camino que tenemos por recorrer.

Espero que juntas podamos cambiar esta mentalidad.

Mi nombre es Alba Riquelme, y Paraguay me hizo feminista.

WEB alba-mediafirma negra

Pueden encontrar el artículo original acá.

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